
El muchacho se parecía a la palabra fantasma. Pero no era un fantasma; yo estaba segura. Lo veía todos los días en la estación Acoyte del subte A. Todas las mañanas, yo esperaba en el andén, para ir al trabajo. Él me saludaba junto al cartel de propaganda, en medio de las vías.
Sonreía, agitaba su mano izquierda (porque con la derecha sostenía la jabalina) e inclinaba su cabeza, mientras me decía “Buen día, preciosa”. Era bastante alto, de cabello oscuro y ojos grandes. Su sonrisa dejaba ver los dientes blanquísimos y estiraba los labios gruesos. Llevaba ropa deportiva: pantalón corto azul, remera blanca y zapatillas del mismo color. La ropa parecía un poco antigua.
Las primeras veces, yo miraba a la gente que estaba a mi lado. Nadie parecía reparar en él. Una vez, me animé y le pregunté a un hombre gris de traje gris con portafolios gris:
—¿No le parece peligroso que aquel muchacho esté en medio de las vías?
—¿Qué muchacho? —preguntó el hombre gris.


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