lunes, 24 de octubre de 2016

El benteveo (leyenda)

El benteveo, bichofeo, pitogüé, pitojuán o quetubí es uno de los pájaros que identificamos enseguida por su canto, que es el que le da el nombre (seguramente tiene otros más, según la región). Sin embargo, muchos no lo reconocen cuando lo ven: la cabeza blanca con su antifaz negro es lo más llamativo, pero su pancita amarilla también llama la atención. Su pico negro en forma de gancho y largo como la cabeza, le permite cazar insectos al vuelo, aunque también los busca en las ramas y en las hojas, y no desprecia lombrices ni gusanos.
Con ramitas y pajas, construye un nido grande y redondeado en las horquetas de los árboles, con la entrada por el costado. Es tan valiente que, para defender su nido y su cría, es capaz de enfrentarse con grandes aves rapaces.
Hace tiempo, cuando trabajaba en la Reserva Ecológica de Costanera Sur en Buenos Aires, observé que un carancho se había posado en una torre cerca de un nido de 
benteveo en un sauce criollo. Era primavera, así que seguramente la hembra del pajarito estaba empollando o cuidando a su cría. El benteveo voló gritando hacia donde estaba el gran rapaz, pero éste ni se movió. Entonces, fue decidido a un sauce vecino, se posó en una rama y cantó hasta que se le unió otro benteveo. Juntos fueron a un tercer árbol y allí se les unió otro pájaro igual. Cuando fueron cinco en el grupo defensivo, volaron hacia el carancho que, sin dudarlo, se alejó del lugar. Esa actitud solidaria me asombró tanto que todavía no he olvidado esta anécdota.
Dicen que dicen que cuando el benteveo grita al mediodía, avisa la llegada de visitas inesperadas. También dicen que anuncia un embarazo o un nacimiento. Hay quienes creen que si se lo escucha cantar varios días seguidos, es presagio de  muerte.

Cuenta una leyenda guaraní, que Akitá y su esposa Mondorí construyeron en la selva una casita con maderos y hojas de palmera. Allí vivirían con su hijo Sagua-á, de ocho años, durante el cultivo del algodón. Se unió a ellos el padre de Akitá, viudo y algo enfermo.
Mientras los padres iban a trabajar, el abuelo disfrutaba de cuidar a su nieto: juntos iban a pescar al río Paraná y a recolectar miel de lechiguana y frutos silvestres en el bosque. Eran buenos compañeros, aunque el abuelo consentía demasiado a Sagua-á.
Cuando el anciano ya no tuvo fuerzas para ir al río o al bosque, Sagua-á comenzó a dejarlo solo a espaldas de sus padres: iba a pescar o a jugar al bosque mientras el abuelo lo esperaba tejiendo cestos o fabricando flechas y anzuelos, sentado  en un banquito junto a la cabaña.
Akitá y Mondorí confiaban en que su hijo cuidaba al abuelo, pero un día descubrieron que el viejito no había comido en todo el día porque nadie le había alcanzado el alimento.
Sin embargo, Sagua-á, egoísta e ingrato, recibió con disgusto los retos de su padre. Su ceño fruncido le mostró claramente a su mamá que no debía arriesgarse más a dejarlo al cuidado del abuelo que ya no podía levantarse solo de su hamaca.
Mondorí se quedó en la cabaña varios días. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, su trabajo en el algodonal era imprescindible, así que despertó a su hijo bien temprano. Ese día, cuidaría de su abuelo.
—¡Es muy temprano! —se quejó Sagua-á— ¡No quiero cuidar al abuelo, quiero ir a pescar!
Como no le quedó más remedio que obedecer, se dedicó todo el día a arreglar sus útiles del pesca y se olvidó por completo del viejo. Ni siquiera hizo caso de sus llamados, que apenas escuchaba con disgusto.
Por fin, decidió ir a ver qué necesitaba el anciano con tanta insistencia:
—Tengo mucha sed, Sagua-á. Por favor, dame un poco de agua.
—¿Qué te pasa? ¿Tu vida se apaga como un cachimbo? —se burló Sagua-á y le hizo gracia la comparación que se le había ocurrido.
—Sí, como un pito güé se apaga… Dame agua, por favor…
—Pito güé… Pito güé… —repetía el niño mientras reía a carcajadas.
Vencido por la sed, el pobre viejo murió. Y al mismo tiempo, el cuerpo de Sagua-á se transformó: se achicó, se cubrió de plumas de color pardo y amarillo, su cabeza se hizo pequeña y alargada. Convertido en benteveo, seguía gritando:
—Pito güé… Pito güé…

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