viernes, 26 de septiembre de 2014

Puntualidad (cuento)

La persistencia de la memoria de Salvador Dalí
Son las doce menos cinco. La señora, que debe salir de su casa a las doce en punto vestida con pantalón negro y saco rojo, se monta en su bicicleta  y parte por la calle de tierra.

De pronto se detiene sin apoyar en el suelo ningún pie. Se diría que se detiene en el tiempo y no en el espacio. Ninguna parte de su cuerpo se mueve: ni la mirada al frente, ni  la sonrisa discreta, ni el cabello volado por la brisa.


Un minuto más tarde, arranca otra vez. Pedalea tres metros. Un perro mediano, marrón y blanco se atraviesa en su camino. Ahora es el perro el que se detiene en el tiempo: una pata de adelante y una de atrás alzadas en el aire. El cuello estirado y la cola tiesa lo dibujan sobre la calle.

La bicicleta lo salta volando durante un minuto.

La señora pedalea tranquila mientras, a lo lejos, las piedras del camino se amontonan en un lomo de burro abultado, altísimo. Ella llega y frena. Se baja de la bicicleta. Pone el pie de metal para sostenerla. Camina de un lado al otro, indecisa. No sabe si volver atrás para tomar impulso o para volar sobre el obstáculo irritante.

Dos minutos después, un viento fuerte aleja las piedras agregadas y abre un sendero angosto entre ellas. La señora pasa.

Casi al final del camino, un caballo aparece de la nada y la acompaña a un lado de la bicicleta. Ella se pone nerviosa y pierde el equilibrio: se tambalea tratando de recuperar el rumbo y, finalmente, cae. Se demora tan sólo un minuto en sacudirse la ropa y levantar la bicicleta mientras le grita furiosa al caballo. El animal se aleja.

La señora que debía salir de su casa a las doce en punto llega al final del camino. Después de estas peripecias, comprende que no debió salir a las doce menos cinco porque, como siempre, el tiempo es implacable. Y la puntualidad, absolutamente necesaria.

Marita von Saltzen

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