viernes, 28 de marzo de 2014

Las luciérnagas (Leyenda)

En las noches de verano, cuando todo está oscuro, lucecitas diminutas se encienden y se apagan en los campos. Son las luciérnagas.
Quizás confundamos a la hembra con un gusanito negro (se parecen mucho), pero los machos parecen más bien escarabajos porque, como ellos, las luciérnagas pertenecen al orden de los coleópteros.  Ambos sexos emiten la luz mediante el fenómeno llamado bioluminiscencia, un sistema que genera luz fría y que el hombre aún no ha podido imitar. 

Las hembras no pueden volar, así que, en el suelo o en alguna ramita, utilizan la luz para llamar la
atención de los machos. A ellos, en cambio, la luz que encienden y apagan mientras vuelan, a modo de código de preguntas,  les sirve para notar la aceptación o el rechazo, según la respuesta que ella emita.
Una vez que se aparean, la hembra pone entre cincuenta y ciento cincuenta huevos. Un mes después, los huevos eclosionan y las larvas durarán unos seis meses. En ese período, se alimentan de caracoles y babosas, a los que paralizan con su veneno. El resto de sus vidas, ya no necesitan alimentarse.
En todas las etapas, estos insectos tienen luz.

Curiosidad: La luciérnaga tiene muchos nombres populares, según las regiones y países: cucayo (en el SE de México), cocuyos (Colombia), vagalume (en Galicia), tagüinche, tuco-tuco, y en inglés, firefly.

Cuentan los guaraníes que Tupá, el gran dios, quiso regalar a los hombres que él mismo había creado algo que los protegiera del frío: el fuego.
Felices con el obsequio, los hombres se reunían alrededor del fuego no solamente para calentarse en el invierno sino también para compartir charlas y comidas, y así entenderse mejor.
Cuando Añá, el espíritu del mal, vio que las peleas, que tanto placer le brindaban, estaban disminuyendo, se puso furioso. 
—La culpa la tienen esos fogones encendidos —se dijo.  Y comenzó a soplar con toda su fuerza, volando de acá para allá para apagar los fuegos. Perseguía enloquecido las chispas para que nada quedara de aquellos momentos de encuentro entre los hombres. 
Ellos comentaban asustados:
—¿Qué es ese viento extraño a estas horas de la noche? Parece como si Añá quisiera quitarnos el fuego…¿Qué haremos ahora?
Tupá se enteró de lo que estaba pasando y decidió ganarle la partida a su rival: así, chispa que caía en el campo, chispa que transformaba en isondú, un bichito con luz intermitente.
Añá no pudo descubrir la transformación. Al alejarse de los fogones para perseguir las chispas que se encendían y se apagaban, los hombres recuperaron el fuego, gracias a algunas brasas que todavía estaban encendidas.
Para evitar nuevos problemas, Tupá enseñó a los hombres a encender su propio fuego. Y Añá, furioso, cansado de perseguir chisporroteos imposibles de apagar, se metió en su cueva oscura lleno de rabia.
Desde entonces, los isondúes, bichitos de luz, luciérnagas o tuquitos siguen iluminando los campos en las noches de verano.


1 comentario:

  1. Gracias! Realmente me ayudo con mi tarea muchísimas gracias!

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