viernes, 24 de enero de 2014

La tijereta (Leyenda)

Las tijeretas llegan en la primavera y se quedan hasta que comienza el frío. ¡Son tan hermosas! Mientras vuelan, abren y cierran su cola larga como si cortaran el aire. La cola les sirve también de timón cuando realizan sus vuelos acrobáticos, abierta para un rápido  zigzag y cerrada para una curva aguda.
Tienen en la cola doce plumas y las de los costados son más largas; por eso la forma que tanto llama la atención.


Son muy parecidas a las golondrinas. Como ellas, tienen el plumaje de la cabeza y el lomo de color negro y el de la garganta, el pecho y el vientre, blanco plateado.
Su nido es redondo, hecho con hojas secas y, a veces, con flores de cardo. Cuidan a sus crías celosamente y ¡pobre del chimango que se acerque al nido con malas intenciones!
Comen insectos y gusanos que observan cuando están posadas en las ramas altas de los árboles o en algún alambrado.

Cuenta la leyenda guaraní que, hace muchos, muchos años, vivía en el pueblo una jovencita llamada Eira con su mamá, que estaba muy enferma y dependía para todo de su hija. Ella la cuidaba y la acompañaba con mucha dedicación y cariño.
Para conseguir el pan de cada día, Eira trabajaba como costurera. Nunca le faltaban vestidos para coser ni ropa para arreglar que sus muchos clientes le encargaban.
Por eso, su gran compañera era la tijera, que ella siempre llevaba atada a la cintura, sobre su delantal. Apenas dejaba la cama todas las mañanas, se vestía y colgaba la tijera de un cordón. Parecía como si formara parte de ella misma.
Cuando su mamá murió, Eira se sintió tan sola que enfermó de tristeza. Al poco tiempo, ella también falleció.
Como en aquella época, Tupá enviaba mensajeros que llevaban alas a las almas para que pudieran volar hasta el cielo, Eira fue convertida también en ave.
Sin embargo, cuando Tupá tuvo frente a él a esta pequeña ave negra y blanca, notó que un dejo de pena se escapaba de sus ojos.
—¿Qué quieres, Eira? —le preguntó— Tú que nunca me has pedido nada, anímate y pide lo que quieras, que te será otorgado.
Eira, con timidez, contestó:
—Buen Tupá, extraño la tijera que me ha acompañado toda la vida. ¿Acaso… será posible…?
Fue así que Tupá tiró con fuerza de algunas plumas de la cola del pájaro y las estiró. ¡Qué linda tijera quedó formada cuando Eira aprendió a abrirla y cerrarla durante el vuelo!
—Jhuguay-yetapá (jhuguay: cola; yetapá: tijera) —la nombró el dios. Y con ese nombre la conocieron los guaraníes.

Carlos Villafuerte ha recopilado otra leyenda, posterior a la de los guaraníes porque data de los tiempos de la conquista de América.
Esta leyenda habla del amor que un indio de la montaña sentía por la Virgen. Cuentan que un día encontró tirada una tijera y aprendió a usarla para cortar tela y pasto. Al poco tiempo, se le ocurrió hacerle un manto a la Virgen utilizando un trozo de cielo. A veces, hundía su tijera en el agua que reflejaba el azul y otras, subía a las montañas más altas y estiraba su mano para cortar el aire.
Dios, que lo observaba desde arriba, se apiadó de él y, cuando el indio falleció, lo convirtió en la primera tijereta.
Desde entonces,  corta feliz el azul del cielo para hacer mantos para la Virgen.


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